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Todos somos referencistas

Actualizado: 17 may


Por: Sonia Hernández.

Bibliotecaria. Magister en Ciencias de la Información y Estudios Humanísticos



¿Cúando vas a contarle al mundo lo que haces? Alguna vez, por la mente de los bibliotecarios ha transitado el pensamiento de que trabajar en bibliotecas es rutinario, poco emocionante y sin trascendencia; porque al fin y al cabo el mundo podría existir sin bibliotecas. Otras veces, nos asalta el exceso de optimismo y defendemos sobre todas las cosas la importancia de nuestra labor, las bibliotecas y su impacto en la sociedad.


Lo cierto de todo es que, para que el mundo sepa lo que hace un bibliotecario y el valor real de una biblioteca en contextos actuales es necesario que se lo contemos a todos. Que el mundo sepa que no hay impacto grande ni pequeño, que el impacto de una biblioteca es siempre positivo y que una de las labores del bibliotecario es transformar vidas. Por eso cuando Sonia Hernández, bibliotecaria mexicana me dijo que queria contarle al mundo sobre lo que es ser referencista en una biblioteca, me pareció maravilloso que la comunidad Bibliotecoach fuera ese medio para compartir su escrito sobre nuestro diario qué hacer y nuestro permanente sentir.


Sonia transformó su escrito en un relato que hoy comparte con nosotros.


Todos somos referencistas

Aclaración: Respeto y aprecio a todas las personas, sus culturas y creencias. El uso de masculinos y femeninos no son específicos referentes, sino indicativos de una figura genérica.


Petri abre los ojos y ve la hora. Queda justo el tiempo para alistarse e ir al trabajo. Hasta aquí termina la línea en común entre Petri y el resto del mundo. Porque, para un bibliotecario, ir al trabajo es una aventura… Siempre hay una pregunta más por resolver, un papel más que reseñar, una ficha más por registrar.

El mejor momento del día, es cuando la Biblioteca cobra vida con los usuarios. Se respira en el aire un anhelo distinto, esa energía de “treasure hunt” que atraviesa los arcos de la puerta y que vienen cargando todas y cada una de las personas que visitan el recinto.

Petri sabe que no siempre logra verlos a todos, a veces la exigencia de estar detrás de la pantalla es mucha, hay tanto que hacer y preparar para tener en orden la biblioteca; pero cuando toca, toca. Petri piensa en los usuarios y sabe que no siempre son los que llegan de fuera, sino los que trabajan en nuestras filas. Muy seguido le llama alguien para preguntar cómo genera sus gráficas especiales de reportes o si podría venir y dar a conocer esa nueva colección rara de reciente adquisición, para que otros colegas vean su punto de vista. A veces, no viene nadie y todos los usuarios son virtuales, entonces los arcos que cruzan solamente tienen ceros y unos, son digitales, el umbral que caminan se traza con cada palabra que están buscando en el catálogo.


Pero siempre es emocionante. ¿Cuántos libros tenemos de García Márquez? ¿Hay algún sitio donde pueda escuchar el nuevo podcast de la clase de música? ¿Cuál es el área donde los profesores dejan sus lecturas? ¿Cómo podemos recuperar nuestra contraseña de acceso? Hay preguntas chiquitas y grandes, sencillas y complejas, fáciles y difíciles.


Sin darse cuenta, el ojo bibliotecario de Petri se ha forjado con los años de servicio. No tiene dudas cuando el usuario es nuevo o experto. Al hablar con ellos, el lenguaje aflora como si de otro mundo se tratara, como una aventura, como de otros tiempos. A veces la miran raro y le preguntan, ¿qué significa esa palabra? Y entonces Petri moderniza su vocabulario, las hace menos oficiales y provoca conversaciones felices. ¿Qué mejor que un usuario se vaya contento?


Muchos de ellos viven ahora con las narices en sus celulares e invitarlos a voltear esta maravilla de lugar es difícil, pero no imposible. Entonces el bibliotecario referencista, piensa Petri, se vuelve maestro de ceremonias, creando concursos, rallies, talleres. Sorteos, fiestas, ferias de libro, clubes de lectura y más, mucho más.


Cuando la biblioteca es pequeña, siempre hay que hacer de todo, desde limpiar las mesas hasta crear la lista de lectura que usarán los profesores para el siguiente año. Petri recuerda a su amiga Lola, que a veces saca de su pequeño sueldo para comprar un libro que necesitan en su biblioteca. Porque ya no hay presupuesto. Pero cuando la biblioteca es grande, como en donde trabaja su amiga Lucía, tiene personal que se dedica exclusivamente a intercalar libros. Lucía le ha explicado que le encanta que su equipo de trabajo se sienta integrado, así que de vez en cuando, les da talleres a sus compañeros para aprender a ser referencistas. Porque ella cree firmemente que todos somos referencistas, incluso fuera del trabajo.


Petri recuerda cómo su vecina estaba angustiada porque su hijo necesitaba escribir un ensayo sobre el holocausto, pero sólo encontraban blogs y páginas llenas de anuncios en el buscador… y ahí va Petri, a explicarle cómo buscar información verídica porque ella sabe que con tanta desinformación, podría toparse con sitios web pro-nazistas y otros temas que no son pertinentes para un niño de 10 años. Entonces sí, vaya que seguimos siendo referencistas fuera de la biblioteca.


Suena una campanada afuera y aunque es la hora de la comida, falta una pila de libros nuevos por catalogar. Cuando menos, ella espera terminar esos tres que fueron pedidos como urgentes. En eso llega el nuevo maestro de matemáticas. No conoce la Biblioteca y quiere traer a sus alumnos, explicarles cómo las matemáticas no son sólo sumas y restas, busca historias de éxito para motivar a los niños a estudiar números que los lleven al espacio, a entender la armonía de los seres vivos y a crear mapas de viajes con paralelos e infinitos que les abra el mundo. —”¿Tal vez algo de matemáticas y videojuegos?”, dice Petri. Al profesor le brilla la mirada.


En su bloc de notas debajo de la computadora, Petri coloca un círculo verde. Es una tradición que tiene cuando sabe que ha dado en el clavo. Hay días en que su bloc termina llena de crucitas rojas. Pero siempre toma una foto al final del día. Cuando termina el año, Petri crea un reporte anual de sus logros para la oficina central, pero también tiene un pequeño diario en el que anota sus éxitos personales. Porque donde hay un maestro que admira a la biblioteca, hay un aliado.


Petri se come rápidamente una manzana junto a la jarra de café y el botellón del agua, la hora de comida terminó y aún falta mucho por hacer. El turno vespertino está por comenzar y seguramente Carlos está por llegar, como siempre, hará muchas preguntas. Recién graduado, Carlos aún no conoce el sistema. Ella ha preparado una pequeña infografía para que él siga preparándose para ser un mejor bibliotecario.


Aunque Carlos ha dicho que le encanta catalogar, se ha aprendido ya los principales libros que piden los usuarios, así que si preguntan por algo, él ya tiene separada al menos una copia que no se prestará a domicilio y evitarles un disgusto. El profe Luis de Español siempre usa los mismos cuatro libros cada año y la maestra Linda de Inglés, les ha pedido un ensayo de química para que aprendan nuevos términos, así que ha dejado que Carlos elija los títulos y revistas que le recomendará para esa actividad. Todos somos referencistas, le ha dicho. En el proceso, Carlos encontró dos libros que él se llevaría a casa, por lo cual también, Petri ha anotado otro círculo verde en su bloc de notas.


Entre llamadas y correos, usuarios y libros, proveedores y reportes, el día se va volando. Está a punto de salir y entonces llega una pequeña jovencita, de ojos grandes, asustada porque no sabe qué hacer, su libro de la biblioteca se arruinó y teme que le costará mucho dinero reponerlo. Petri le explica con calma, que no hay problema y le enseña a buscar dónde comprar libros de segunda mano para que pueda reemplazarlo, sólo es un monto muy pequeño para el pago del procesamiento. —”Esto es una biblioteca, no un negocio”, le dice Petri tranquilamente y la niña pregunta si le dejarán llevarse otro libro porque le gustó mucho esa autora. —“Claro, Isabel Allende es de las mejores”, comenta Petri mientras la encamina a la sección de Literatura.


De camino a casa, un pequeño con mochila al hombro llora porque no sabe cómo regresarse. Están muy cerca de un parque y le dice, vamos a buscar si en tus libretas hay información para llamarle a su mamá. Y sí, usando su celular, localizan a la madre que está dos cuadras en el parque buscándolo.


Al llegar a casa, hay una pila de recados que le ha dejado su madre. —”Hoy te llamaron todo el día, parece que tus hermanas necesitan más información del club de lectura”. Petri sonríe y se pone a revisar el directorio local para contestar los mensajes. Mira hacia la sala y el pequeño libro que se compró el mes pasado sigue teniendo un separador en la página 10, ¡quién sabe cuándo terminaré de leerlo!, piensa. Pero es que buscar esto, es más importante. Ningún usuario puede quedar desatendido, especialmente la familia.


Petri sabe que Lucía tiene razón, todos somos referencistas cuando tenemos el corazón de un bibliotecario.

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