• Mauricio Andrés Misas

Reflexiones de un bibliotecario editor en tiempos de pandemia

Actualizado: 20 may

Por: Mauricio Andrés Misas

Bibliotecólogo colombiano


Nunca pensé que un bibliotecario escolar como yo, que clasificaba, catalogaba y prestaba los libros en una escuela, terminaría haciéndolos y editándolos para que otros los clasifiquen, cataloguen y presten.


Este ha sido un viaje maravilloso en el que la lectura se configura como un tren de aprendizajes, que con cada parada acumula experiencias y conocimientos; en el que los pasajeros se convierten en compañeros de viaje, amigos que quedan en el corazón y son atesorados como la joya más valiosa de tu vida.


Recuerdo una ocasión en la que plácidamente acostado sobre mi cama escuché una algarabía que provenía de la cocina, era mi hermana quien interrumpía mi paz con reclamos hacia mi madre acerca del porqué «ese muchacho bueno para nada, con las greñas hasta la cintura, no salía a buscar trabajo» … ―ese muchacho, era yo.


Como si se obturara un botón de auxilio, mi cabeza hizo clic y se detonó algo en mí que me hizo despertar del, hasta entonces, profundo letargo en el que me hallaba. Así que convoqué a una junta, quiero decir, llamé a mis amigos y les informé que me iban a hacer cortar el pelo si no hacía algo con mi vida, la respuesta fue inmediata y una vez reunidos, dentro de la muchedumbre se escuchó una voz que caló entre los presentes: ¿Por qué no montamos un bar?

Transcurría el año 2000, yo era apenas un joven roquero que usaba el pelo a la cintura, candongas y botas de platina; aficionado a la música y a los amigos. La universidad era un sueño que se me hacía esquivo, pero que finalmente, y a pesar de todos los pronósticos, ese año, además de montar el bar, pasé a la Universidad de Antioquia, al programa de bibliotecología, carrera de la que me enamoré desde el primer día.

Allí descubrí no solo mi pasión por la lectura y la literatura infantil, también conocí el amor de mi vida: Catalina Morales, quien hoy es mi esposa, colega y madre de mi hijo.


La carrera de bibliotecología tiene la virtud de que quienes la ejercemos, desde que apenas cursamos unos semestres, tenemos la posibilidad de trabajar y mi caso no fue la excepción.

Muy temprano inicié a trabajar como auxiliar en el centro de documentación de Estudios Políticos en la universidad, luego en el Colegio Cooperativo, como bibliotecario escolar, labor que desempeñé durante tres años.


Ya sin la melena que me caracterizaba, renuncié al colegio e inicié en un nuevo empleo como lector en el maravilloso programa Palabras que Acompañan, el cual me permitió por un año, leerle en voz alta a muchos niños que se encontraban hospitalizados en Medellín. La pasión por la promoción de lectura me llevó para mi fortuna a la Fundación Taller de Letras Jordi Sierra i Fabra; mi paso por la Fundación se constituyó en la mayor y más gratificante escuela. Esta pasión aumentaba con el tiempo, así que inicié estudios de máster en promoción de lectura y literatura infantil en la Universidad de Castilla La Mancha, viajé a Europa y conocí nuevas culturas; a mi regreso me hice profesor en la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia.


Llegué al mundo de la edición de publicaciones universitarias en el año 2017 como jefe del fondo Editorial de la Universidad EIA, antes Escuela de Ingeniería de Antioquia, cargo que aún desempeño. Este nuevo rol amplió mi mentalidad y la oportunidad de vivir nuevas experiencias, no solo como bibliotecólogo, sino también como editor y gestor editorial, lo que me llevó a ampliar mi formación como magister en lingüística y así estar a la altura de las expectativas editoriales actuales.


Ver los libros, pero esta vez desde la otra orilla, es decir, desde su gestión, edición y producción, implica adentrarse en un mundo completamente diferente. Para explicarlo con mis palabras, diré lo siguiente: yo siempre he pensado que un escritor es como una especie de dios porque tiene la capacidad de dar vida, quitarla, unir personas (personajes), destruir ciudades y a la vez edificarlas, hacer lo que se le antoje… todo, mediante su mundo imaginario; y el escenario: las páginas de un libro.

En esta nueva etapa de mi vida, yo me he convertido en el interlocutor con ese dios y junto con él puedo tomar decisiones, advertir errores y ofrecer soluciones.

Pienso que la bibliotecología es de esas profesiones bonitas, que casi nadie entiende. Que para muchos es hasta difícil pronunciar su nombre, pero que te abre a la posibilidad de comprender el mundo, moldearlo y disponerlo para que otras fuentes de conocimiento alimenten el pensamiento y lo pongan al servicio de la sociedad.


Haciendo esta breve recapitulación de mi vida, hago consciencia que cada uno de nosotros representa un complejo universo, resistente, inhóspito y a veces turbulento, y que a la vez somos como una frágil burbuja de jabón que se eleva con la más leve brisa y se estalla al más mínimo roce. Hoy, desde la humilde biblioteca de mi hogar, cumpliendo mi cuarentena, bajo el abrigo seguro de mi familia, pienso en el camino recorrido y me doy cuenta de que a este libro aún le faltan muchas páginas por ser escritas y que para hacerlo necesitaré detenerme en nuevas estaciones y conocer nuevos compañeros de viaje, que me guíen la mano para culminar otros capítulos en esta maravillosa historia que es la vida.

 

Mauricio Andrés Misas Ruiz. Colombia. Bibliotecólogo de la Universidad de Antioquia; Máster en promoción de lectura y literatura infantil de la Universidad de Castilla – La Mancha; Magister en Lingüística de la Universidad de Antioquia.


Jefe del Fondo Editorial de la Universidad EIA.

Profesor adjunto en el Máster de promoción de lectura y literatura infantil de la Universidad de Castilla – La Mancha: CEPLI. Profesor de cátedra en el Departamento de Pedagogía Infantil, Facultad de Educación, Universidad de Antioquia. Coordinador de proyectos en la Fundación Cultura y Educación – C&E.


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