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Demencia digital: ¿puede la biblioteca ser el antídoto que no sabíamos que necesitábamos?

30 ago
5 min de lectura

Imagina a una mujer que ha dedicado toda su vida a estudiar cómo leemos. No es una lectora casual, es una neurocientífica que lleva décadas investigando qué le pasa a nuestro cerebro cuando abrimos un libro.


Una tarde, con la misma calma de siempre, ella decide releer su novela favorita de juventud, El juego de los abalorios, de Hermann Hesse. Se sienta, abre el libro y... no puede. Las páginas le parecen insoportablemente lentas. Su mente, acostumbrada a saltar de una pantalla a otra, ya no logra sostener la atención que ese libro le exige.


Esa mujer es Maryanne Wolf, una de las neurocientíficas más reconocidas del mundo en el estudio de la lectura. Y si a ella le está pasando esto, vale la pena que nos hagamos la pregunta incómoda: ¿qué nos está pasando a todos los demás?

Ese fenómeno tiene un nombre que vale la pena conocer, y es "demencia digital".


Demencia digital ¿Qué es y qué dice la evidencia real?


El término lo acuñó el psiquiatra alemán Manfred Spitzer en 2012, en su libro "Digitale Demenz" Demencia Digital, al delegar constantemente funciones cognitivas a los dispositivos electrónicos, dejamos de ejercitar la memoria, orientación, atención, y como cualquier músculo sin uso, se debilitan. Una aclaración necesaria, la "demencia digital" no es un diagnóstico médico reconocido, y el libro fue duramente criticado por generalizar en exceso del uso de los dispositivos digitales. Pero el fenómeno de fondo sí tiene respaldo en investigadores más rigurosos.


La propia Wolf documenta la pérdida de la "lectura profunda"; ese estado de concentración que permite comprender textos complejos y sentir empatía por un personaje. También la lingüista Naomi Baron llegó a algo parecido en una encuesta a 300 estudiantes de cuatro países, de los cuales el 92% sintió que se concentraba mejor leyendo en papel. Y la socióloga Hera Hyeonseo Lee, de la Universidad de Binghamton, documentó el mismo patrón en sí misma, reconociendo que perdió la capacidad de leer libros completos por el consumo excesivo de videos en redes.


Lo que de verdad está en juego


Leer un libro completo, sin interrupciones, es de las pocas experiencias que nos permiten habitar por completo la mente de otra persona; sentir lo que siente un personaje, sostener una idea incómoda el tiempo suficiente para entenderla. Cuando perdemos esa capacidad, no perdemos solo un hábito cultural perdemos una forma de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás que ningún resumen ni ningún video corto puede reemplazar.


Ahí es donde la biblioteca tiene algo irremplazable que ofrecer; no es solo un lugar con libros, es uno de los pocos espacios que quedan diseñados, a propósito, para pensar despacio.

¿Puede la biblioteca ser el antídoto que no sabíamos que necesitábamos?


No son discursos contra la tecnología, sino más bien acciones concretas; círculos de lectura silenciosa donde cada quien lee su propio libro sin celulares; una "hora de desconexión" semanal, sin wifi, acompañada de café para bajarle el ritmo al cuerpo; clubes de lectura intergeneracionales que además combaten el aislamiento o la mediación lectora personalizada. Recuperar el gesto de que alguien te recomiende un libro pensando en ti, no en un algoritmo que quiere retener tu atención.


Y hay otro grupo de acciones que ni siquiera pasan por un libro, pero entrenan exactamente el mismo músculo "la atención sostenida" desde otros lenguajes:


  • Talleres de escritura a mano: diario, caligrafía, cartas para enviar por correo tradicional. Escribir a mano activa procesos cognitivos distintos y más lentos.

  • Juegos de mesa y rompecabezas: ajedrez, juegos de estrategia, rompecabezas colaborativos. Exigen planeación, paciencia y concentración prolongada, sin que se sienta como "deber leer".

  • Sesiones de meditación o respiración consciente: 15-20 minutos antes en la biblioteca o en una sala aparte, pensadas explícitamente como entrenamiento de la atención y bienestar físico.

  • Talleres de artesanías o manualidades: tejido, cerámica, dibujo; actividades manuales de ritmo lento que, como la lectura profunda, no se pueden acelerar ni fragmentar.

  • Clubes de caminata o jardinería comunitaria, si la biblioteca tiene un patio o alianza con un parque cercano: desconexión al aire libre, con beneficios cognitivos documentados en la población adulta mayor.

  • Charlas breves sobre bienestar digital, dictadas por psicólogos o educadores locales, sin culpabilizar a nadie, ofreciendo a la biblioteca como el espacio de práctica, no solo de discurso.


La biblioteca como laboratorio de atención


Todo lo anterior son acciones que cualquier biblioteca puede empezar inmediatamente. Pero hay una oportunidad más ambiciosa, que ninguna biblioteca puede construir sola y es convertirse en un nodo dentro de una red más grande, articulada con otros actores que ya están investigando o interviniendo este mismo problema.


Pensemos en tres alianzas posibles:


  • Con universidades y facultades de psicología o neurociencia: convertir la biblioteca en un espacio de "ciencia ciudadana", donde investigadores midan con el consentimiento de los participantes; si programas como los círculos de lectura silenciosa o los talleres de escritura a mano generan mejoras reales y medibles en atención sostenida. La biblioteca deja de ser solo beneficiaria de la evidencia científica y pasa a producirla.


  • Alianza con el sector salud inspirada en el modelo japonés de "prescripción social": En Toyooka, Japón, el doctor Yoichi Morimoto fundó en diciembre de 2020 la biblioteca comunitaria Daikai Bunko, integrándola a su práctica clínica para recomendar la lectura y la interacción comunitaria como parte del tratamiento. Siguiendo este enfoque de social prescribing , práctica orientada a combatir problemas de salud pública crónicos complementando o reduciendo el uso de fármacos, las bibliotecas pueden aliarse con centros de salud locales. De este modo, los médicos pueden «recetar» visitas a la biblioteca a pacientes con ansiedad, estrés o aislamiento, mientras que la biblioteca diseña programas específicos para acompañar su proceso.


  • Con organizaciones de bienestar digital y ética tecnológica: invitar otras organizaciones a co-diseñar contenidos y actividades dentro de la biblioteca, en lugar de que la conversación sobre "bienestar digital" ocurra solo en charlas TED o columnas de opinión. La biblioteca se convierte en el lugar donde esa reflexión se practica, no solo se discute.


Una pregunta para dejar abierta


Quizás la próxima vez que alguien entre a nuestra biblioteca buscando "algo rápido para leer", valga la pena hacerle una pregunta distinta: ¿cuándo fue la última vez que te perdiste por completo en un libro? Puede que la respuesta nos diga más sobre el estado de nuestras comunidades lectoras que cualquier estadística.


Y tu ¿Ya sientes que te cuesta más sostener la atención en una lectura larga? Cuéntame en los comentarios me interesa mucho saber si esta reflexión resuena con la experiencia de otros bibliotecarios y lectores. Y también te comparto este interesante video de la doctora Maryanne Wolf.



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