El acoso laboral en las bibliotecas, no se presta ni se devuelve.
Por Nora Quiroz
Hay temas que las bibliotecas manejan con maestría como catalogar, preservar, dar acceso a la información, acompañar a quien la busca. Y hay otros que se quedan en un estante al que casi nadie se acerca. El acoso laboral en las bibliotecas es uno de ellos. Se habla de él en los pasillos, en voz baja, entre colegas de confianza, pero rara vez en una reunión o en un congreso, aunque hoy es un asunto presente en la conversación sobre bienestar, cultura laboral y salud mental.
Esta entrada es una reflexión y una excusa para mirar de frente un tema incómodo para algunos, real para muchos y probablemente más cercano de lo que creemos. Empecemos por una historia.
La historia de Luis

Piensa a Luis, (un personaje imaginario), quien lleva ocho años trabajando en una biblioteca. Él es quien sabe dónde está todo, quien propone el taller nuevo y quien se queda hasta tarde cuando hay un evento. Hasta que un día deja de proponer... en las reuniones solo mira su cuaderno y finge escribir con mucha atención; en la última se dio cuenta de que “alguien del equipo olvidó” incluirlo en un correo clave. Antes, otro compañero lo había corregido en público delante de un grupo de usuarios; y desde hace un tiempo, cada vez que plantea una idea nueva, recibe una sonrisa despectiva o es ignorado, su jefe desaprueba todas sus acciones. Lo que pesa más que un regaño.
Nada de esto, visto con ojos desprevenidos, parece grave. Y cuando por fin se atreve a insinuar que se siente acosado, escucha la frase que casi todos hemos oído en el sector: “Pero si trabajar en esta biblioteca es un privilegio, ¿o no? ¿Acaso no te gusta este trabajo?”
Esa frase tiene nombre, la bibliotecaria Fobazi Ettarh llamó a esto vocational awe, la "reverencia vocacional" y lo describe como "el conjunto de ideas, valores y supuestos que los bibliotecarios tienen sobre sí mismos y la profesión, lo que da lugar a la noción de que las bibliotecas, como instituciones, son intrínsecamente buenas, sagradas y, por lo tanto, inmunes a la crítica." Su advertencia es incómoda, esa reverencia puede volverse un arma contra quien trabaja, porque permite acusarlo de no ser lo bastante apasionado para servir sin quejarse.
Lo que sabemos y lo que no, sobre el acoso laboral en las bibliotecas
La evidencia dice menos de lo que quisiéramos, y conviene ser honestos con eso:
En 2016, Shin Freedman, Dawn Vreven advertían que el acoso en bibliotecas académicas estaba poco reportado y poco investigado.
Cuando se mide, el daño aparece; un estudio de 2025 con 570 bibliotecarios vietnamitas lo vincula con más estrés laboral y menor compromiso con la organización. Pero otros trabajos como el de Maggie Albro en 2024 encuentran niveles bajos a moderados, pero sí un problema probablemente subestimado.
En un estudio sobre traumas en bibliotecas públicas de Estados Unidos, 64% ofrecía recursos para acompañar situaciones de riesgo de salud mental, pero solo 20 de 435 bibliotecarios encuestados los habían usado por falta la confianza en ellos.
En mis búsquedas no encontré estudios específicos sobre bibliotecas latinoamericanas. Es un vacío que vale la pena nombrar y tambien estudiar a profundidad.
¿Conflicto, mal liderazgo o acoso?
El convenio C190 de la OIT, el estándar internacional de referencia, entiende la violencia y el acoso en el trabajo como comportamientos y prácticas inaceptables que causan o pueden causar un daño físico, psicológico, sexual o económico, ya sea que ocurran una sola vez o de manera repetida. Varios países han legislado de forma específica, como Bélgica, con su ley de 2002, Francia o Argentina, mientras que otros lo abordan con normas generales de acoso o para casos específicos.
En Colombia, según la Ley 1010 de 2006, el acoso laboral es una conducta persistente y demostrable que busca infundir miedo, intimidación o angustia, perjudicar al trabajador o inducir su renuncia, y habla de seis tipos de acoso:
Maltrato laboral: violencia física o moral, daños a la integridad o expresiones injuriosas.
Persecución laboral: conductas arbitrarias y repetitivas que generan desánimo.
Discriminación laboral: trato diferenciado por raza, género, religión, origen, etc.
Entorpecimiento laboral: obstaculizar la labor con retrasos, ocultamiento o destrucción de información.
Inequidad laboral: asignar funciones en menosprecio del trabajador.
Desprotección laboral: ordenar actividades que pongan en peligro su seguridad o salud.
Volvamos a Luis, Lo que no cabe en una etiqueta
Lo que vive Luis, con datos que llegan tarde o no llegan, se parece a lo que la ley describe como entorpecimiento laboral. Pero que una conducta pueda o no alcanzar el umbral legal depende de si es persistente y demostrable, y eso solo se determina caso por caso.
Si a Luis le preguntaran qué le pasa, quizá no usaría la palabra “acoso”. Y haría bien en dudar, porque no toda discusión es acoso, ni toda reunión tensa es una agresión. Si llamamos así a cualquier desacuerdo, la palabra pierde fuerza justo cuando más se necesita.
Pero que algo no encaje en una definición legal no significa que sea aceptable. Hay cosas que ningún equipo debería normalizar: el grito en medio del pasillo, la burla frente a los colegas o usuarios, la amenaza dicha con una sonrisa, el rumor que corre a espaldas de alguien, el castigo por haber dicho lo que incomodaba.
Lo de Luis era más sutil. Nadie lo insultó. Simplemente dejó de aparecer en los correos importantes, y sus ideas se recibían con un silencio tan largo que terminó creyendo que hablaba en otro idioma. Son conductas que casi no dejan rastro, y por eso duelen y son tan difíciles de nombrar.
Por eso, más que discutir la etiqueta, cada biblioteca debería hacerse una pregunta sencilla: ¿puede alguien de mi equipo equivocarse, discrepar o señalar un problema sin miedo a ser expuesto, castigado o excluido?
Un buen ambiente laboral no es el que nunca tiene diferencias. Es el que sabe tramitarlas con respeto, con criterio profesional y con límites que todos conocen y nadie cruza.
La queja como falta de vocación
Las bibliotecas defendemos la libertad de expresión, el acceso para todos y el derecho a disentir. Pero una institución puede proclamar esos valores hacia afuera y no cumplirlos hacia adentro. Mientras sigamos leyendo la queja como falta de vocación, el silencio funcionará como una política no escrita: Luis seguirá callado, el equipo aprenderá que opinar es riesgoso y la biblioteca perderá justo el sentido de lo que dice ser, propicidora de ideas, criterio y conversación.
Lo que Luis necesitaba no era cambios en el reglamento ni un taller de resiliencia con su equipo de trabajo. Necesitaba que alguien dejara de interpretar su silencio como desinterés y se preguntara qué lo estaba produciendo. Y hay una pregunta más incómoda, que no es solo para quien lidera: ¿qué hacemos los demás cuando vemos y callamos?
Tu turno
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Si lideras un equipo, reflexiona sonbre este tema en tu próxima reunión y escucha sin defenderte.
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