• Wilson Castaño Muñoz

La vida no es a la carta: las profundas consecuencias de la elección ilimitada

Actualizado: 7 may

Por Wilson Castaño Muñoz

Bibliotecario Colombiano


Los que somos de la generación pre milenials nacimos y nos criamos en un mundo en donde nos tocaba esperar. Cuando veíamos los programas de televisión teníamos que esperar hasta la siguiente semana para volver a ver un nuevo episodio. No existían canales especializados, por lo que nuestra franja de muñequitos era limitada. Era algo con lo que teníamos que convivir y finalizado este tiempo teníamos que buscar algo más que hacer al margen de las pantallas.


Lo mismo sucedía con la música que sonaba en las emisoras de radio, teníamos que convivir con la idea de que habían programas o canciones que no nos gustaban. No podíamos saltarlas. No existía Spotify.

Nuestra crianza no fue algo diferente. Nuestros padres no nos preguntaban qué queríamos comer o qué queríamos hacer. Simplemente nos íbamos adaptando, aceptando y acostumbrando a nuestro entorno sin mayores dramas y con las limitaciones de la época. 30 años después todo ha cambiado.


Las tecnologías se han posicionado y las grandes empresas han consolidado un modelo de negocio que derriba todas las limitaciones de los pre milenials.

Facebook, Google, Netflix, Spotify, Nintendo y toda la industria de los vídeo juegos compiten por nuestro valioso tiempo en pantalla, su modelo se basa en tenernos el máximo tiempo posible dentro de sus plataformas. Para algunas empresas por cuestiones de publicidad, para otras, como forma de justificar una suscripción.


Hoy en día, estos contenidos tienen algo en común: "el poder ilimitado de escoger lo que queramos". Podríamos consumir toda nuestra vida en los inagotables contenidos de cualquiera de estas plataformas. Es por esto que los anteriores modelos de entretenimiento están en decadencia para los centenials e incluso para los milenials que ya están sumergidos en el inagotable mundo de los contenidos ilimitados y bajo demanda. Ellos casi no ven televisión o escuchan radio. Ellos escogen lo que quieren ver y cuando lo quieren ver. Ellos deciden.


Cuando hacemos lo que queremos, se activan sistemas de recompensa en nuestro cerebro y se liberan neurotransmisores como la dopamina que nos genera placer. A nuestro cerebro le gusta la novedad y le encanta hacer lo que le gusta, lo que es gratificante, por eso tendemos a preferirlo y evitar el esfuerzo. Esta también es una de las razones de la postergación. Las empresas tecnológicas lo saben y por eso han establecido su modelo basado en pilares como:

  1. Contenidos ilimitados

  2. Contenidos gratificantes

También han diseñado estrategias como las notificaciones para que volvamos a sus plataformas una y otra vez a ver lo que nos gusta, pues nos avisan cuando algo nuevo de nuestro interés está disponible.


Este sistema basado en los contenidos ilimitados, el streaming, la hiperconectividad, la escogencia de lo que queramos en todo momento, dejan muy poco margen para convivir con lo no deseado. ¿Qué joven no querría dejar de hacer algo que no quiere por hacer lo que quiere? Estos contenidos nos vuelven adictos a consumir horas en pantalla, deseando volver allí irremediablemente.


Tal comportamiento ha generado patrones en nuestro cerebro, al mejor estilo de las más potentes drogas, que nos mueven a volver al vídeo juego, al siguiente episodio, al like, a la nueva foto, vídeo, story… Nos lleva a querer dejar de hacer lo que debemos hacer por hacer lo que nos gusta y satisface hacer. Estamos presos del poder de la dopamina que generan todos estos contenidos adictivos.


Nos volvemos intolerantes para hacer actividades no gratificantes cómo estudiar por ejemplo, hacer quehaceres domésticos, ejercicio, entre otros. No vemos interesante lo que no produzca gratificación y, por lo tanto, no prestamos atención, nos volvemos despistados, olvidadizos. Nos cuesta controlarlo y no nos han enseñado a hacerlo, solo a través del castigo.


Prácticas cómo el phubbing (término formado a partir de las palabras en inglés phone y snubbing que describe el acto de menospreciar a quien nos acompaña al prestar más atención al móvil u otros aparatos electrónicos que a la misma persona) o patologías cómo el FOMO (Fear of missing out) o el miedo a perderse de algo, son cada vez más frecuentes. Espacios sociales habitados por entes conectados a lo lejano y desconectados del entorno cercano.

Hoy en día todo tiene que ser divertido, estamos en la cultura del entretenimiento. Los canales más vistos no son los de la más alta calidad, no son las clases de Harvard, Stanford o el MIT.


En mi época no recuerdo haber pronunciado la palabra estar aburrido, ahora esto es algo bastante frecuente en los jóvenes. Para mí el aburrimiento se puede definir como la inhabilidad de adaptarnos a lo que tenemos en nuestro entorno, ante la incapacidad de estar teniendo experiencia gratificantes.


Ya Nicholas Carr lo advertía en su artículo sobre cómo Google nos está volviendo estúpidos, en donde argumenta la incapacidad para concentrarnos en las lecturas durante un largo periodo de tiempo y la necesidad imperiosa de nuestro cerebro por la distracción y notificación que te va a mostrar algo nuevo.


Lamentablemente nuestra vida no es a la carta. No es como la película "Click", en dónde podemos tener un control universal y estar saltando todas las etapas de nuestra vida que no son placenteras y parece ser que está generación cada vez más tiene menos tolerancia a la frustración, la inmediatez es inminente y el esfuerzo a largo plazo poco valorado.


Espero equivocarme y no ser muy pesimista, pero no me quiero imaginar la vida adulta de estos jóvenes tanto a nivel laboral como personal y emocional; centenials que sólo quieran encontrar trabajos que les gusten y realizar únicamente actividades gratificantes o relaciones que terminen ante el primer ocaso de la monotonía.


Debido a esto, empiezan a surgir prácticas en Silicon Valley cómo "el ayuno de dopamina", el cual consiste en abstenerse de experiencias gratificantes durante un día o un fin de semana. Dentro de estas experiencias gratificantes se incluyen el uso del celular, la televisión o leer novelas. El objetivo es convivir con el aburrimiento y aceptarlo y esperar a que después de este ayuno las personas puedan volver a realizar actividades menos gratificantes de manera más motivada.


Quiénes somos padres de estas generaciones tendremos que ser conscientes de estos comportamientos y primero que todo buscar mecanismos para que esto no nos pase a nosotros, dar ejemplo a nuestros hijos para que vean que no somos adictos al celular ni a estos modelos de negocio; y que podemos hacer cosas más productivas que pasarnos el día viendo tik-Tok, Facebook, Netflix, o muchos otros.


Segundo, tendremos no sólo que limitar drásticamente el uso de estás tecnologías con propósitos de entretenimiento, sino también, motivar a nuestros hijos a que realicen otro tipo de actividades menos gratificantes para ellos como la lectura, los juegos de mesa, o simplemente conversar en familia y que descansen frecuentemente de las pantallas; a que se fijen metas, aprendan algo nuevo, al mejor estilo de la película Manos Milagrosas protagonizada por Cuba Gooding Jr., en donde su madre le exigía leer y aprender algo nuevo todos los días.


Finalmente, quiero afirmar mi posición en que las tecnologías no son malas ni nocivas per se, simplemente son, como un cuchillo o la pólvora, depende de para que las uses. Lamentablemente, la industria ha encontrado la forma de explotar la nueva droga del milenio: la adicción al poder de elegir contenidos que nos gusten cuando queramos, donde queramos e ilimitadamente.

 

Wilson Castaño Muñoz. (Colombia) Bibliotecólogo de la Universidad de Antioquia, especialista en administración de la Universidad ICESI, Magíster en Comunicación Digital de la Universidad de Antioquia.


Soy docente de la Escuela Interamericana de Bibliotecología de la Universidad de Antioquia en donde coordino el núcleo de tecnologías de la información y la comunicación para el pregrado.

Contacto: wilson.castano@udea.edu.co